Cara a cara con el coronavirus: Las migrantes nicaragüenses en medio de la pandemia

La pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, que causa la covid-19, ha sorprendido a cientos de migrantes nicaragüenses en soledad. Algunas de las que se encuentran en Estados Unidos se enfrentan cara a cara con lo que llaman “pesadilla”, pero incluso las que tienen a sus familias, a veces no pueden abrazar a sus seres queridos. Ellas cuentan lo que han vivido, a través de Qué tal Ocotal.
“SENTÍ QUE LA VIDA SE ME HABÍA TERMINADO”

En junio de 2019 la ocotaleana Madelyn Moreno Olivas, de 51 años, y su esposo, Rolando José Rugama, de 53, enfermaron de covid-19 en Miami, Florida, lo que les acarreó una deuda de 6.600 dólares. En ese entonces, ella tenía un poco más de dos años de residir permanentemente en la ciudad y él, más de nueve.
Madelyn cuenta que se hicieron la prueba luego de que su esposo comenzó con fiebres. El resultado fue positivo. “Él me lo transmitió (el coronavirus SARS-CoV-2, que causa covid-19), cree que lo adquirió en alguna estación de combustible, porque trabaja como conductor de tráiler en California”, explica.
Ella perdió el sentido del gusto y olfato, luego tuvo insomnio, ansiedad y debilidad. En ese momento acababa de perder su trabajo, precisamente por el contexto de pandemia.
Sin embargo, su esposo se vio muy mal, al punto que debió hospitalizarlo porque le faltaba el aire y su nivel de oxígeno había bajado notoriamente.
“Cuando él atravesó la puerta del hospital y desaparecía, sentí que la vida se me había terminado, no me dejaban ingresar con él. Estaba con la incertidumbre de no saber si lo volvería a ver, el mundo se me vino a los pies y creía estar en medio de una gran pesadilla al verme sola y lejos de mi familia”, relata.
“Tenía el terror de sentir a la muerte rondando por las grandes cifras de fallecidos por covid-19, que a diario se reflejaban en los noticieros”, recuerda Madelyn.
Su esposo tardó un mes en recuperarse. En ese proceso, recibió apoyo de familiares, vecinos, y amistades, la gran mayoría nicaragüenses, que llegaron hasta la puerta de su apartamento a dejar víveres, frutas, medicamentos, agua, entre otros.
“También recibí llamadas, mensajes, que nos animaron y fortalecieron. Nuestros familiares y amistades desde Nicaragua estuvieron unidos en oraciones y apoyándonos en todo el proceso”, comenta.
La enfermedad, según Madelyn, marcó un antes y después.
“Nos mostró que la vida puede apagarse en un instante y que debemos vivir cada día siendo mejores seres humanos, disfrutar de las cosas simples, mejorar la comunicación con los que tenemos lejos y estar siempre agradecidos por cada oportunidad de vida que Dios nos regala. Hay que cuidarnos del virus y cuidar de los demás, evitando aglomeraciones y practicando las medidas de higiene”, indica.
Actualmente Madelyn y su esposo han vuelto a trabajar y ahora deben pagar, por cuotas, la cuenta del hospital, aunque agradecen a Dios el haber sobrevivido.
Sus metas, a largo plazo, es jubilarse en Estados Unidos, y regresar a su tierra.
“UNA PESADILLA”

Sheyla Sánchez, reside en Los Ángeles. Trabaja en un hospital y esta día a día con pacientes covid-19.
“He tenido que aprender medidas de desinfección extremas, saliendo del hospital me quito los zapatos y los rocío con alcohol, los meto en la cajuela del carro y llegando a casa tengo un espacio designado para quitarme la ropa, meterla en bolsa, limpiarme con alcohol las manos y meterme al baño”, indica.
Lleva diez meses haciendo eso. “Es agotador, cansa, toma tiempo, y lo peor es que extraño los abrazos de mis hijos al llegar a casa”, menciona.
En todo este tiempo, Sheyla ha presenciado, en primera línea, cómo la pandemia tomó fuerza, el contagio de sus compañeros de trabajo, el toque de queda en la ciudad, y las muertes causadas por el coronavirus. Ha sido “una pesadilla”, sostiene.
En el trabajo los procedimientos han cambiado, según cuenta. “Por ahora el 90 % de citas son por teléfono, hay reubicaciones del personal, y hemos tenido que aprender a usar el equipo de protección, aunque nos lastima, no podemos bajar la guardia”, reitera.
Sheyla ya se vacunó. “Por ahora la vacuna es como una luz de esperanza, solo el tiempo lo confirmará. Por lo pronto, tengo que cuidar de no llevar el virus y transmitirlo, así que igual sigo cuidándome”, apunta.
Sheyla resalta que hay mantener la fe, que hay que hacer todo lo que se pueda para prevenir la enfermedad, y no contagiar a otros que pueden ser vulnerables ante el coronavirus.
“EL VIRUS ESTÁ ALLÍ”

En el 2003, Griselda Merlo emigró a Estados Unidos para mejorar sus condiciones de vida. Era una madre soltera, recién egresada como abogada. “No podía pagar mi tesis, conseguí una visa y viajé a Estados Unidos”, comenta.
“Estuve sin trabajo de marzo hasta septiembre (del año pasado), permanecí encerrada por tres meses, cerraron todo, y uno de mis hijos quedó sin trabajo, porque la construcción se paralizó por tres meses”, refiere.
El encierro fue impactante para una nicaragüense que trabajó en empacadoras, empresas de impuestos, gasolineras, fue voluntaria en la Corte, aprendió el inglés y, buscando mejores oportunidades, logró ubicarse en el distrito escolar de Palm Beach, como maestra interina de primero a quinto grado, en inglés y español.
En el tiempo en que estuvo encerrada por culpa de la covid-19 la maestra de siete años de experiencia no pudo ver a su novio, parte fundamental en su vida. “Fue una etapa difícil”, comenta.
Explica que, con la pandemia, lo primero que se cerraron en el Estado fueron las escuelas.
Griselda expone que, hoy por hoy, las clases continúan virtualmente, y en la ciudad se mantiene el uso de mascarillas.
Señala que la gente evita ir a lugares muy cerrados, y aplica las medidas de higiene, como el lavado de manos.
“El virus está allí, hay que seguir con las medidas preventivas”, aconseja la maestra.
“ESTO AÚN NO ACABA”

Emma Patricia Fernández, de Ocotal, enfrenta la emergencia sanitaria en Estados Unidos con la mejor actitud. Tiene 24 años de vivir en ese país, donde se ha desempeñado como asistente médico, además de ser diseñadora gráfica y pequeña empresaria.
Emma subraya que, como trabajadora de la salud, al inicio de la pandemia estuvo “frente al cañón” y a la vez tratando de proteger a su familia. “Ahora trabajo desde casa y superviso el progreso escolar de mi hijo, ya que todas sus clases son en línea”, aclara.
Para ella, lo más dramático es salir de casa, ir al supermercado, a las citas médicas.
“Hay incertidumbre y desconfianza de la gente, aunque los lugares de compra que uno visita están cumpliendo al cien por ciento los protocolos de desinfección, eso es una ayudadita grande, siempre existe la paranoia, que si toqué esto, que si toqué lo otro, que si la persona tosió, etcétera”, detalla.
Emma sí disfruta estar en casa, y mientras se dedica al negocio de jabones naturales, recomienda que “ no bajemos la guardia, informémonos del acontecer diario a través de fuentes de información confiables, cero reuniones de más de diez personas, usemos mascarillas, es importante la higiene personal y en casa, si aplicamos las medidas preventivas saldremos de esta”.
Y algo más: “A nuestra comunidad sólo me resta recordarles que esto aún no acaba”.