Nació para ser campesino, pero va para primer médico de su comunidad 👨‍⚕️

By on octubre 20, 2021 0 4115 Views

Hijo de una madre de ocho hijos con más dificultades que las económicas, creció como niño campesino en un hogar sin garantías de comida, su familia literalmente lamentó sus estudios, vendió su abanico para ir a la universidad, siendo estudiante durmió en las aceras de Juigalpa, luchó hasta alcanzar una beca, recurrió a su madrina, y hoy está a nada de ser el primer médico de su comunidad.

Tan improbable era para Gilber Marenco convertirse en médico, que no admite que le digan “doctor” hasta después que la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) le extienda título “Doctor en Medicina y Cirugía General”.

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Gilber, un joven menudo y siempre sonriente, salvo en las fotos, inspira un aura de esas que parece que se va a comer el mundo, nadie sospecharía lo que ha pasado para cumplir sus sueños y, desde hace poco, también los de su comunidad.

“Cuando inicié la carrera mi familia no me quería apoyar, porque sentían que no iban a poder (económicamente). Para yo poder prematricularme, tuve que vender un abanico, lo vendí en 500 córdobas, me prematriculé”, dice Gilber, originario de Catarina, una comarca rural pobre ubicada en San Lorenzo, Boaco, a 83 kilómetros de Managua.

LOS INFORTUNIOS

La familia, rodeada de infortunios, no dejaba de tener razón. Cuando Gilber tenía diez años, se preparaban para celebrar el casamiento de su hermano mayor, que era el sostén, y este falleció en un accidente de tráfico frente al pueblecito.

“Decidí estudiar medicina por la muerte de mi hermano. Al verlo morir y no poder hacer nada, me inspiró a ayudar a las demás personas, él era padre y madre para mí”, recuerda Gilber.

  • La vida siguió, no sin dificultades, ya que desde entonces la familia quedó a cargo de otro hermano del joven, un campesino con discapacidad en la cadera.

Para estudiar en secundaria, Gilber debía viajar todos los días hasta San Lorenzo, lo que ya era un triunfo en un lugar donde algunos niños a veces ni siquiera asisten a la escuelita local.

“Cuando inicié primer año de medicina tuve que ir a pedir posada donde un primo. Yo tenía que desvelarme, estudiar hasta horas de la noche, entonces mi primo me dijo que no podía quedarme en su casa. Pedí una beca y no se me aprobó”, afirma.

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La prematrícula en la UNAN-Managua fue otro muro que parecía insalvable, pero los 500 córdobas que obtuvo por el abanico le dieron aire para ingresar. Su 95 % de promedio lo envió directo a la Facultad Regional Multidisciplinaria (FAREM) de Chontales.

NADA FÁCIL… OTRA VEZ

“Muchas veces me quedé en una acera de una casa, porque no tenía las condiciones para venirme o para viajar, pero yo siempre tenía ese ánimo de seguir adelante”, sostiene.

El chavalo no se rindió, al año siguiente estudió más y logró una beca, aunque le resultó insuficiente. Pedía a los profesores que les prestaran los folletos que ellos mismos vendían, estudiaba lo que podía, y se los regresaba el mismo día.

“Mi mamá o mis hermanos dejaban de comer para que yo llevara 100 córdobas diarios a la universidad. Muchas veces no había el pan de cada día en la mesa, muchas veces salía de mi hogar y sin desayunar, muchas veces regresaba y solo hacía un tiempo de comida, y esa es una situación de que muchas personas, muchos jóvenes, no podrían tolerar”, relata.

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“Había deseado abandonar la carrera por la situación económica. Cuando llegué a tercer año, terminé, pero ya iba a área clínica de mi cuarto año, yo ya no podía, porque tenía que comprar muchas cosas, equipos médicos, entonces acudí a una persona muy especial para mí”, agrega.

POR FIN UN ÁNGEL EN EL CAMINO

  • Se trataba de su madrina, Delia Reyes Gómez, quien le prometió ayudarle con una sola condición: “Que jamás en la vida le mintiera”. Y ha cumplido.

Desde entonces, “ella ha sido una madre para mí, la quiero como si fuera mi madre, me ha apoyado en los momentos más difíciles de mi vida, me ha dado consejos cuando yo ya deseo renunciar a la carrera, muchas veces le he dicho: madrina, no puedo. Entonces ella me dice: has pasado por muchas situaciones, ya te falta poco, tenés que continuar, pero siempre con la ayuda de Dios, con la ayuda de la Virgencita, que nunca nos abandona, seguimos adelante”.

Para Delia Reyes, Gilber es “como un despegue de la comunidad”, no solamente porque se trata del primer estudiante de medicina de la comarca, sino también porque ya ha inspirado a que otros jóvenes se animen a estudiar carreras universitarias.

“Nunca pensé, cuando tomé la decisión de sacarlo como madrina por bautizo, a estas alturas, 23 años después, que él iba a convertirse en un muchachito inteligente, dispuesto y decidido por su vida, a sacar esa carrera, que es tan difícil, es un orgullo para mí haberlo apoyado y seguirlo apoyando”.

Delia Reyes.

LO LLAMAN DOCTOR Y SU MAMÁ NO SE LO CREE

Aunque todavía no tiene el título, en su comarca, compuesta por unas 200 familias, la gente ya le dice doctor, lo respetan, y lo esperan a que vuelva de Juigalpa cada ocho días para hacerle consultas, le preguntan sobre  qué tomar, o qué hacer ante cualquier enfermedad.

La mamá de Gilbert, consciente de las condiciones en las que creció su hijo, no se lo cree.

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“Se siente emocionada, porque a pesar de lo que hemos pasado, nunca me he dado por vencido, no se lo cree”, dice con orgullo, sin perder sus rasgos de humildad.

El chavalo no desmiente a su madrina cuando esta lo describe como “una persona sencilla, muy carismática, servicial”, cualidades que no abandona en su etapa de preinternado en el Hospital Regional Escuela Asunción de Juigalpa, donde, según afirma, comparte estudios con otros jóvenes igual de esforzados y con las mismas aspiraciones.

Al fin de cuentas, no se suponía que Gilber Marenco iba a ser médico, pero el chavalo, nacido para campesino, superó todas las adversidades, hasta convertirse en un profesional improbable.