Quería pilotar aviones y terminó guiando a los pilotos ✈️

By on mayo 2, 2026 0 41 Views

Quería pilotar aviones y terminó guiando a los pilotos. Quería evitar las armas y terminó formándose en la guerra fría. Quería hablar inglés y terminó hablando ruso. Quería volar entre las nubes y terminó estudiando la atmósfera.

Esta es la historia del científico Javier Danilo Zapata Jiménez, Javier Jiménez para los meteorólogos, o JJ para quienes se pegaban a la radio por las condiciones del tiempo en Nicaragua hasta hace pocos años.

Formado como Ingeniero en Meteorología y Master en Física de la Atmósfera, Jiménez no economiza detalles cuando habla sobre los contrastes de su vida. Tampoco ahorra franquezas: “Tuve que aprender meteorología, no tenía otra salida, me acostumbré”, afirma, en entrevista con Qué tal Nicaragua.

Lo que Jiménez quería era ser piloto, no meteorólogo. Lo repite con aplomo, pero sin arrepentimientos, como quien recoge los limones que le da la vida y hace una limonada insuperable.

Puede que no le falte razón. Habla como si fuera ayer cuando, siendo niño, se enamoró de la aviación, y esperó a crecer para ser piloto, sólo para darse cuenta de que en la Nicaragua de los años 80 del siglo pasado tenía más probabilidades de subir al cielo con una bala que con un avión.

“Me gustaba la aviación, me gustaba ver los aviones T-33 cómo se daban vuelta en el aire. Yo siempre decía: cuando sea grande voy a ser piloto. Le pregunté a mi mamá, me dijo que tenía que ser militar”, recuerda.

AVIONES EN TIEMPOS PAZ Y GUERRA

Ser piloto de aviones bombarderos en tiempos de paz era un sacrificio que valía la pena, pero para cuando Jiménez se bachilleró eran los años 80, Nicaragua ya estaba en guerra, y todo joven debía ir.

Los sueños de piloto se convirtieron en la necesidad de evitar el servicio militar obligatorio. Así, Jiménez logró entrar a la escuela de aviación, pero no para volar, sino para reparar motores, pues las mejores plazas estaban reservadas para “los hijos de los grandes”, sostiene.

Nada más iniciar las clases, Jiménez recibió un uniforme militar y un fusil. Fue suficiente para huir de la academia, pero no para vivir tranquilo: seguía siendo joven, y ahora con un estatus pseudo prófugo. De remate, se puso a estudiar inglés en una época no apta para aspiraciones occidentales en Nicaragua.

Hasta que llegó su gran oportunidad, una beca para estudiar fuera.

El físico atmosférico Javier Jiménez no comandó aviones, pero controló radares y fue invitado a la NASA. 📷Cortesía.

Y así terminó formándose en la guerra fría. Fue enviado a la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), no sin que su mamá tuviera que rogarle a un comandante de la revolución, y sin recibir su regaño por perder el primer vuelo en 1984.

En Odesa, Ucrania, Jiménez, un entonces apasionado del inglés, aprendió a hablar ruso. Y se introdujo en las ciencias atmosféricas.

“Allá viví Chernóbil (el accidente nuclear de 1986), la desintegración de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín”, señala.

Regresó al inicio de los 90. La falta de empleo en un área tan específica, y su desparpajo, lo llevaron a probar suerte en la televisión. Resultó en uno de los primeros meteorólogos de la televisión postguerra en Nicaragua.

El Gobierno, que le había negado una plaza, finalmente lo contrató. “Pero mi jefe no daba mi nombre, para que no me corrieran, cuando supieron, yo ya estaba dentro”, asegura.

Jiménez empezó a exprimir sus limones desde la oficina del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter) junto al Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino, de Managua, casi al pie de los aviones que nunca pilotó.

¿Sobre su antiguo sueño? “No lo hice volando como piloto, pero me di gusto de escudriñar más la atmósfera que si lo hacía volando en ella, ver cómo se va a mover un avión, hacia dónde debe ir. Manejé el radar meteorológico de Nicaragua, un Rainbow 5, modelo reciente de fabricación alemana, que podía detectar, lluvia, granizo y formación de tornado en tiempo real”, puntualiza, con orgullo.