“El hotel de las 10.00 p.m.”, un cuento que te pondrá la piel de gallina

By on agosto 26, 2021 0 1117 Views

Por Alonso Mejía Sánchez*

De repente me encontré parado frente a esa puerta semioscura y semiabierta. Alcé la vista y vi el letrero de neón, parpadeante: ” Hotel”. Eran las 10.00 p.m. Me asomé a la ancha ventana, limpié un poco el vidrio sucio y a través de las rojas cortinas pude ver al otro lado a un hombre calvo comiendo en una mesa sin mantel. En el centro, un solitario lirio se desvanecía sobre el jarrón. Al fondo una mujer anciana volteaba en la cocina la carne del sartén. Detrás del hombre, una escalera subía en espiral a una segunda pieza, alfombrada de rojo. Me decidí a entrar, impelido por el viento frío que azotaba la calle:

– Buenas noches, ¿hay servicio? –

-Sí, señor- dijo el hombre de la mesa mientras se apresuraba a limpiarse las manos y el bigote con una servilleta. Salió, y con una reverencia me hizo pasar, extendiendo la mano. “Pase usted, está en su casa”, me dijo.

Crucé el umbral y una luz amarilla me veló los ojos. Por dentro, las paredes eran de un verde triste, pero bastó el olor a frituras de carne y el estante lleno de botellas de licores y vinos para sentirme en calor.

La mesa estaba dispuesta, ningún comensal había en el local.

-¿Usted puede servirme una cerveza?

– No tenemos cerveza, pero sí un buen vino chileno. Si gusta le brindo un trago, cortesía de la casa- Dijo aquel hombre.

-Gracias, tráigalo- sonreí satisfecho.

Se alejó el pequeño hombre del corbatín, y me quedé observando las cortinas largas que cubrían el ventanal y no daban paso a ver la calle vacía de la hora. Un gato de yeso me miraba desde una esquina con mirada falsa. Lo vi con atención, su corbatín exacto al que llevaba el afable hombre que se acababa de retirar, hasta que reparé que otros ojos, esta vez vívidos y ciertos, me miraban desde la cocina:

-¿Usted va a comer algo, señor? – me dijo la anciana.

-Sí señora, de eso que usted cocina ahora, por favor- dije.

Cinco minutos después un vaso de vino y una carne humeante estaban frente a mí. Comí. Saqué de mi bolso un librito negro, unos versos candorosos e infantiles que un muchacho de mis clases de literatura me había obsequiado por la tarde.

-Léalo, profesor- me dijo con vergüenza el aspirante a poeta.

“Tus ojos son mi luna, mi mar…

¿Cómo llegar con mis devaneos

a las rutas de tu corazón?”

Sonreí al leer aquella confesión, aquella ingenua chavalada, y sorbí el vino rojo, cálido, espeso, oloroso y espiritual, que llegaba desde los prados del Arauca chileno hasta mi paladar, envasado en la pequeña maravilla de una botella azul.

-¿Señor, le gustó nuestro vino? ¿Desea otra copita?- dijo a mis espaldas el hombre del corbatín negro.

Otros treinta minutos más y yo estaba con cinco vasos de vino a mi cuenta, y en la página treinta y siete de aquel librito negro, candoroso e irrisorio:

“¡Déjame el calor de tu boca

para que caiga la primavera

en la estación de mis recuerdos!”

-Señor, ¿usted me puede decir dónde queda el baño?- dije.

-Con mucho gusto, sígame- dijo el hombre de los bigotitos nerviosos y negros.

Me guio a la segunda planta. Bajo la alfombra crujía la madera vieja. Desde abajo, la anciana me observaba, con sus cubiertos envueltos en servilletas rosadas y sus ojos azules ahora lavados por la miopía y las cataratas. El vino subía en espiral a mi cabeza. Al llegar al último peldaño me di a boca de jarro con la puerta. Quise girar la manivela, pero el pequeño hombre abrió, extendió la mano y me regaló otra vez su risa falsa. Miré la cama de altos espaldares de caoba. Las gasas blancas que colgaban de la pared temblaron levemente. Un cuadro de El Caudillo sonreía desde la pared opuesta. Crucé el dormitorio urgido por el baño al final de la pieza.

Al salir del baño no estaba el hombre. En aquella cama blanca dormía el olor de la ancianidad. Algo respiró, algo suspiró. Lo achaqué al viento que se colaba por una ventana vencida, sin vidrios y sin cerrojos, que daba a la desolada calle nocturna.

Bajé luego el espiral de las escaleras. El vino llegaba lentamente a mi cerebro en marea de caracolas submarinas. Las cortinas seguían intactas, indefensas sobre el ventanal. El florero desmayaba su lirio, y el hombre del corbatín me esperaba atento:

-¿Usted va a querer algo más, señor Alonso?-

-No señor, deme la cuenta por favor-.

A media noche, bajo una leve llovizna que hacía triste el sonido de un lejano tren sobre los rieles que cruzan la ciudad, salí de aquel oscuro hotel. Revisé los bolsillos. En vez del vuelto seguía en mi mano el billete de 20 mil colones. Quise volver, pero recordé que el amable hombre me había dicho: “Aquí está su cambio. Vuelva cuando usted quiera leer otra vez, acá nadie lo interrumpirá”.

*****

Una semana después quise tomarme un vaso de vino allí mismo. Pero me encontré con un lavacar y una soda.

“Disculpe, usted podría anunciar al señor del hotel que don Alonso Mejía viene a leer esta tarde y comer un poco”– dije.

-Acá no hay hotel señor. Cerró cuando los dueños fallecieron en el año que perdieron las elecciones los verdes. Los dos viejillos eran fanáticos del caudillo. Nosotros rentamos el local, o más bien mi madre renta este local desde entonces-, me dijo una mujer de ojos verdes que no merecían el cuerpo que los anidaban, porque no eran profundos como han sido por milenios los ojos verdes.

Ahora paso con una cerveza en la mano rumbo a mi casa. Los rieles empiezan a retemblar sobre el asfalto. Parpadea el semáforo. Miro de soslayo la esquina y un breve parpadeo de neón me anuncia “Hotel”. Prosigo apresurado mi camino. Son exactamente las diez de la noche.

Alonso Mejía Sánchez

Plaza Víquez,

San José de Costa Rica.

Agosto de 2021

*El autor del cuento y de la fotografía es periodista y poeta nicaragüense, establecido en Costa Rica, donde dirige La Nueva Prensa.