A sus 75 años, doña Luisa te reta a una caminata de 8 horas

A doña Luisa ya la habíamos encontrado entre la gente que cada mañanita atraviesa el cauce del río Coco, pero valía la pena hablar un poco más de esta mujer, que a sus 75 años de edad camina sin problemas 8 horas en un día, para vender maíz y comprar comida en Ocotal, Nueva Segovia, al norte de Nicaragua.
De lejos se le ve aproximarse rauda sobre la arena del cauce y saltar los contornos más delgados del río, sus movimientos coordinados y cuerpo delgado le dan apariencia de muñequita con su pañuelo en la cabeza. Viste con una falda debajo de la rodilla y carga un diminuto bolso al hombro.
EL CAMINAR
A medida que se acerca, doña Luisa Flérida Mejía, baja de estatura, proyecta una imagen más real de la mujer campesina que a diario lucha por sobrevivir en las zonas menos favorecidas de Nicaragua: camina descalza y lo que lleva al hombro es una arroba (25 libras) de maíz, para venderla en el mercado de Ocotal.
Al menos una vez por semana, doña Luisa camina 4 horas de ida hacia Ocotal y otras 4 deregreso.

Foto: A. Aguilera.
Nunca olvida su foco, porque necesita salir a más tardar a las 03.00 de la madrugada de la comunidad El Cuyal, para estar temprano en la ciudad, y tener mejores probabilidades de vender el maíz.
El día que la encontramos no había comido ni tomado café. “Cuando consigo, sí vengo comida”, dice la anciana, cuyo rostro delata su edad, pero sobre todo la cara menos divertida de la vida.
“No tengo marido ni hijos”, afirma, pero lejos de proyectar tristeza, doña Luisa evoca ternura y calidez, especialmente cuando platica entre panes caseros y una inesperada taza de café, a la luz del amanecer, junto al río Coco.
Doña Luisa presume de caminar rápido, descalza entre las piedras, y de no cansarse a pesar de su edad y de la distancia. Parece convencida de que nadie le gana en ese trajín.
APENAS SE DETIENE
Le gusta conversar y compartir con la gente, pero la pobreza, más que la edad, no le permite perder tiempo. Se levanta después de cinco minutos y continúa su andar.
Le decimos que vamos hacia Aguas Blancas y, al despedirse, lanza una mirada retadora y, pícara nos dice: “Ahí las alcanzo”, para luego desaparecer.