Caer, levantarse, ver caer, sin un “adiós”: Las migrantes nicaragüenses en medio de la pandemia

La pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, que causa la covid-19, ha hecho que cada nica en el exterior saque lo mejor de sí en medio de la mayor adversidad. Las historias de dos mujeres nicaragüenses en Costa Rica y dos en Panamá, que han tenido que ingeniárselas para sobrevivir en una situación excepcional lejos de su tierra, cierran la serie de 12 relatos, cuatro países, y tres entregas, que ellas compartieron a través de Qué tal Ocotal.
“EVIDENTE MIEDO A LA ENFERMEDAD”

Karla Aguirre tiene doble nacionalidad. Ella es una nica-tica, nacida en Costa Rica y criada en su niñez en Ocotal, Nicaragua.
En los últimos años residió en Ocotal. Allí decidió tener a su bebé y se dedicó a la venta de ropa americana. Todo iba bien, sin embargo, la pandemia la hizo tomar la decisión de regresar a Costa Rica.
“Lo hicimos por la incertidumbre de qué iba a ocurrir en Nicaragua, si iba a poder abrir la tienda de ropa americana que tenía y generar ingresos, la frontera de Costa Rica ya se había cerrado, y había un evidente miedo a la enfermedad, desconocida en ese momento. (Por otro lado) consideramos que entre más tiempo pasara, a mi pareja, que es de origen chileno, le sería más difícil ingresar a Costa Rica”, recuerda.
Aparte de eso, en Ocotal empezaron a ver menos gente en la calle, las personas compraban menos, y tras sopesarlo, optaron por vender sus pertenencias y asentarse de nuevo en Costa Rica.
En el vecino país, cuenta Karla que enfrentaron restricciones para movilizarse, precisamente por la crisis sanitaria.
Al ingresar pasaron en cuarentena durante 14 días. Tras eso, solamente se podía ingresar con mascarillas a los locales, y en la noche sólo se podía circular en taxi.
“El país estuvo detenido prácticamente por meses, los comercios y restaurantes permanecieron cerrados”, recuerda.
Para Karla, lo más difícil de sobrellevar fue el encierro por el niño. “Hasta los parques estaban cerrados. La gente estaba cansada de tanto encierro. Ahorita ya hay apertura, abrieron todo, aunque continúa la restricción vehicular por la noche, de 10 de la noche a 5 de la mañana no se puede circular, los sábados sólo placas pares y los domingos impares”, indica.
Los eventos masivos, tampoco están permitidos. Actualmente Karla, una ingeniera en sistemas, ha vuelto a trabajar en su carrera.
“Estamos con teletrabajo, mis ingresos me permiten pagar deudas y dar sustento a mi familia, gracias a Dios el trabajo de informáticos no se ha visto tan afectado como en otros rubros”, refiere.
“SI AQUÍ ESTAMOS MAL…”

Veroska Pao Roque emigró a Costa Rica hace 12 años. Aunque dice que hasta ahora se ha “salvado” de la pandemia, lo cierto es que toma los máximos cuidados para evitar ser contagiada con el coronavirus, pero además, para no llevarlo al trabajo, ni eventualmente acarrearlo donde su mamá en Nicaragua.
“Tengo que cuidarme porque hay que preservar el trabajito, yo siempre entro y salgo protegida, por mí, por la gente que tengo alrededor, es un hecho que uno se preocupa, por los que están aquí (en Costa Rica) y por ellos allá (en Nicaragua), hay que cuidarse”, señala.
Cuando una nica que se encuentra en otro país está pendiente de un familiar en Nicaragua, la preocupación se eleva de forma exponencial, incluso cuando no siempre lo exprese.
“Yo siempre estoy pensando en la salud de mi mami (sufre cáncer), si eso le da, se la lleva, siempre le decimos que se ponga la mascarilla”, sostiene.
A Veroska le ha resultado la estrategia de cuidado, pero ha sabido de personas que no lo hicieron. “Mucha gente ha muerto, los que bajan la guardia, ni modo”, lamenta.
Sin embargo, advierte que, si bien uno piensa en los enfermos y muertos por covid-19, al nicaragüense lo rodean otros efectos.
“La mayoría de gente ha quedado sin trabajo, la economía ha estado por el suelo, a mí me han ayudado mis jefes, les debo mucho agradecimiento, no ha sido fácil, pero ahí vamos con la ayuda de Jehová”, resalta.
Y desde fuera los efectos de la covid-19 en Nicaragua se ven peor, tal como lo notó Veroska en una visita que dijo en plena pandemia.
“En Nicaragua eso da tristeza, ahí no hay vida, si aquí (en Costa Rica) estamos mal, yo miraba que allá estaba peor”, lamenta.
“MI VIDA HA DADO UN GIRO QUE NO ESPERABA”

Para Elieth Hernández, quien se fue a Panamá hace nueve años por falta de oportunidades en Nicaragua, “ha ido un año difícil, sobrellevando el estrés, entre el confinamiento, el teletrabajo, las tareas del hogar, la crianza de mis dos hijas, ser maestra”.
“Mi vida laboral y familiar han dado un giro que no esperaba. Ha sido un cambio radical, un virus que nos ha igualado y a su vez nos ha hecho recapacitar sobre qué son las cosas que nos importan, como la familia, los seres queridos, la salud mental”, comenta.
De ahí saca el lado bueno: “El tiempo de calidad con mis hijas es irreemplazable, al final del día nos damos cuenta de que lo más importante es la familia”. Son ventajas de sentirse bien en pijamas y disfrutar de jugar con sus hijas, sin embargo, confiesa que a veces le invade la nostalgia y, más que ver por el celular a su mamá, quisiera abrazarla.
Al menos cuando le toca salir a la calle, los días que les toca a las mujeres, ha mostrado “más empatía”. Eso sí, le ha tocado ingeniárselas para hacer sus cosas en el tiempo establecido, como llevar apuntada la lista del supermercado aunque se la supiera de memoria, “eso me ahorraba tiempo”.
Aunque considera que irse a Panamá fue la mejor decisión, esta miembro de la firma Denfab que no duda en exaltar el apoyo de su esposo, también nicaragüense, y en recomendar la “receta” que aplica a su familia, mantenerse bien vitaminados, y tener excelentes prácticas higiénicas.
“LO MÁS DIFÍCIL ES NO PODERTE DESPEDIR”

Jurisa Medina Roque, de Sabana Grande, Managua, tiene más de 15 años de vivir en Panamá. Arribó a la ciudad canalera siendo una adolescente, junto a su mamá, quien emigró para darle una mejor calidad de vida, en el país de Centroamérica que es, de lejos, el más afectado por la pandemia.
Jurisa, de 31 años, aprovechó las oportunidades que Panamá le brindó, y hoy día es licenciada en Derechos y Ciencias Políticas, con maestría en Derecho Notarial, Registral e Inmobiliario. Ha logrado además laborar en lo suyo, en empresas reconocidas del país. Pero la pandemia, cambió su dinámica de vida.
“Le ha cambiado la vida a muchas personas, tanto por la muerte de algunos seres queridos como por la crisis económica. En la empresa donde laboro comenzaron a salir varias personas con covid-19 y decidió cerrar funciones una semana antes de que el gobierno decretara cuarentena total, en marzo, al decretarse cuarentena total, el Ministerio de Trabajo tomó la decisión, mediante decreto, de suspender labores a nivel general, de manera que si no trabajás no cobrás”, explica.
Jurisa refiere que el Ejecutivo comenzó a otorgar una ayuda a las familias, consistente en un bono solidario de 80 dólares al mes, que luego ha aumentado a 100 dólares y prometió 120.
“Pero esto es poco para las familias donde viven cuatro o cinco personas”, expone.
Lo más difícil para ella, precisamente ha sido estar suspendida laboralmente, ya que no es lo mismo ganarse un salario que depender de un bono para vivir.
Por otra parte, ha sufrido la pérdida de amigos, y ha visto cómo el encierro está llevando al estrés y a problemas depresivos en Panamá.
Por eso, en casa, además toman medidas sanitarias drásticas.
Por ejemplo, “todo lo que se compra del supermercado se lava con agua y jabón o se limpia con wipes de Lysol, usamos doble mascarillas y caretas faciales”, alcohol gel todo el tiempo, cuando llegan de la calle van “directo al baño”, la ropa queda lista pasa lavar, los y zapatos se rocían en cloro disuelto, dice, a la vez que recomienda iguales medidas.
“He visto personas partir a causa de este virus 😩, y lo más difícil es no poderte despedir o acompañarlos en sus últimos días de vida 💔”, concluye.