Lo que pasó Jesucristo antes de morir no lo soporta nadie 😱

Lo que pasó Jesucristo antes de morir no lo soporta nadie. Alegría, esperanza, humildad, premonición, desengaño, traición, injusticia, rechazo, miedo, cansancio, sed, dolor, soledad, compasión, amor, son apenas algunas de las cosas que experimentó el Señor Jesús antes de morir.
Nadie en su lugar habría muerto en la cruz, y no porque no estuviera destinado, pues otros dos hombres murieron allí junto a Jesús, sino porque cualquier otra persona probablemente habría sufrido un ACV (Accidente cerebrovascular), con tantos sentimientos revueltos en esas horas trepidantes.
Tan estremecida fue la historia de Jesucristo en sus últimos momentos, que dio material para cuatro libros de la Biblia: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cada uno muestra detalles que casi 2000 años después permanecen totalmente vigentes, sobreviviendo al tiempo y al hecho de no estar clasificados como acontecimientos meramente históricos.

Todo inició el Jueves Santos, con una reunión entre Jesucristo y sus discípulos, para celebrar la Pascua. Es posible que los invitados no estuvieran conscientes del momento, pero, durante la cena, cuando el Hijo identificó el pan y el vino como su cuerpo y su sangre, fundó una de las bases más potentes del cristianismo. Ninguno de los presentes, ni la humanidad, habría de olvidarlo jamás.
DE LA ALEGRÍA A LA TRAICIÓN
Según el Evangelio de Juan, Cristo descolocó a sus seguidores, al lavarles los pies. ¡Cómo era posible que hiciera eso el rey! Pero se agachó y lavó aquellos pies, después de andar todo el día “de arriba para abajo”, probablemente llenos de polvo, sudor, y otras especies. Con ese gesto mostró de qué se trata ser un buen líder.
🍷
Pan, vino, buen ambiente, y posiblemente los sonidos de liras, arpas y címbalos, colándose por las ventanas, daban para una noche espléndida, pero entonces Jesús se puso serio.
Les contó que uno de ellos lo traicionaría, otro lo negaría una, y otra, y otra vez, antes que cantara el gallo. La fiesta culminó sin Judas, y el resto se fue al Huerto de Getsemaní, en el Monte de los Olivos, Jerusalén.
Mateo relata que allí, un Jesús “triste hasta la muerte”, y posiblemente experimentando el miedo de su parte humana, avanzó un poco más que el resto, y le pidió al Padre hasta en dos ocasiones que lo salvara de la que se le venía. Pero no dudó en solicitarle que, ante todo, se hiciera su voluntad.
Abatido, aterrado, y esperanzado en que sus discípulos lo apoyaran con oraciones, Jesús vuelve, y se encuentra que ellos estaban bien dormidos. No una, ¡tres veces! A la tercera los mandó a… descansar.
EL AUTORITARIO COBARDE
Al regresar, una multitud encabezada por Judas se dirige a Jesús, quien acepta con resignación el beso de la muerte.
Jesús es arrestado, e inmediatamente los discípulos huyen, salvo Juan y Pedro, que lo siguen, a la sombra de la noche, pero de lejitos.
Empieza el andar de Jesús “de Herodes a Pilato”, acusado de sedición y de autoproclamarse rey, en un juicio que ni siquiera en su contexto cumple con el debido proceso. Mientras, Pedro lo niega.

Ya siendo viernes, el Sanedrín, consejo religioso judío, lo condena a muerte. Pedro se da cuenta y llora amargamente. Judas ni siquiera lo soporta y decide morir.
De acuerdo con Lucas, las autoridades y seguidores difaman a Jesús, Herodes y Pilato lo interrogan y se burlan, pero el Hijo de Dios se mantiene en silencio. Pilato incluso quiso excarcelarlo, pero sus fanáticos prefirieron que beneficiara a un preso que era famoso: Barrabás.
Excitados por el circo de la crueldad, Pilato y sus seguidores decidieron que la crucifixión no era suficiente. Entonces lo azotaron, se burlaron de su reinado, le pusieron la túnica púrpura, un cetro de caña, y una corona de espinas que desgarró su cabeza. Pilato tuvo una última de oportunidad usar subpoder para liberarlo antes del Vía Crucis, pero se lavó las manos.
EL JESUCRISTO MÁS HUMANO
Sin dormir, sin descansar, y tras haber caminado entre 4 y 5 kilómetros desde que fue arrestado, y haber perdido unas 20 a 25 libras, Jesús todavía debía recorrer entre 600 y 700 metros de la denominada Vía Dolorosa, con el travesaño de la cruz a cuestas. Eran 20 minutos a paso lento, pero una eternidad para Cristo y para la humanidad.
Si clavarse una espina en un dedo duele, ¡cómo habrá sido el dolor de Jesucristo al ser empotrado y luego permanecer guintado de las manos y pies! Un hombre cansado, hambriento, sediento, deshidratado, débil, un Rey -con mayúscula- humillado, decepcionado, sin casi aliento, al que sus extremidades se les desgarraban por su propio peso.
Todavía colgado tuvo que atender a los dos ladrones a su lado, soportar más burlas de las autoridades y la multitud, que lo retaban a utilizar su poder para recuperar la libertad.
Y aún así tuvo respuesta para todos. Le resolvió a un ladrón, le encargó a Juan la suerte de su madre, pidió perdón por los agresores, ¡hasta le reclamó a su Padre!, pero mantuvo el respeto por sus designios.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, dijo Jesucristo, y murió.
Dios lo sintió, y fue explícito, conforme la descripción de Mateo: La oscuridad se apropió del cielo, un terremoto sacudió la tierra, las tumbas se abrieron, y el inmenso, sagrado y grueso velo que predominaba en el templo de Jerusalén se rompió de arriba hacia abajo, dejando claro que no lo había hecho ningún ser humano.
El dolor que prebaleció durante el primer Sábado Santo todavía todavía hoy se siente. Lo que nadie puede sentir es todo lo que experimentó Jesucristo antes de morir.